EXPERIENCIA SUBLIME

Por Isabel Pérez Santana

Santo Domingo1-11-9-RD

Paseaba en el techo de mi casa, al cual subí para ver el plenilunio. ¡Adoro ese espectáculo!

Los árboles se mecían bajo la acción de una brisa fresca,abundante, suave y cíclica. A lapsos de tiempo casi cronométricos.

Eso es lo que se notaba al fluir la brisa, y eso es lo que estaba pasando en el espacio, en el cielo, sobre mi cabeza.

Disfrutaba la brisa y vigilaba constantemente  a las alturas celestes porque cuando pasan los aviones les hago señales de saludo, por si me ven,  en algunas ocaiones he tenido respuestas y mi alegría es enorme.

Camino sobre el techo siempre observando el movimiento natural de la tierra, es decir, siempre hacia la derecha, paso por la izquierda, pero me dirijo hacia la derecha, así se logran grandes sanidades, revitalización orgánica, se previenen accidentes cardíacos y cerebrales, en lo que se consulta al médico, y descubrí  que si un corredor, ejercita sus brazos en elípsis hacia la derecha, alcanza una velocidad inmensa.

Bien, en uno de esos giros miré  al espacio  y quedé maravillada, me encontré ante un remolino huracánico, me maravillé de las nubes en elípsis, eran nubes gruesas, enormes. Examiné todo el entorno del remolino  vaporoso como traje de novia, alcanzaba kilómetros hacia el sur-oeste, mientras la cabeza, el ojo del remolino estaba  hacia el nordeste, casi sobre mi .

No resistí el espectáculo de pies y me apresuré a sentarme para ver  aquel fenómeno que sólo había tenido la oportunidad de observar en los noticieros y en las películas. ¡amados y amadas lectores, se había formado casi sobre mi cabeza el ojo de un huracán!

¡Dios Santo! ¡Que experiencia! Aquellas columnas de nubes, aquel grosor, la dimensón alcancazada por el cuerpo del fenómeno, todo era apabullante.

De pronto comenzó a descender como torbellino hacia la tierra y recordé los daños que los mismos han  provocado en aquellos paises donde son frecuentes esos fenómenos. Oré a Dios y le pedí que no lo dejara descender, pues sabía el   estrago que haría a la población nacional. Dios lo desbarató.

 

Comprendí lo cíclico de la agradable brisa.  Entre las aspas de nubes de aquel cuerpo atmosférico inmenso habían espacios simétricos, como las aspas de un abanico y producían ciclos de aire. Unos más fríos que otros, y retornaban los soplos fríos.

Luego las aspas de nubes llenaron todo el espacio celeste, se  produjo un pequeño relámpago en el ojo, sobre  la cúspide del centro de las nubes en el mismo ojo del huracán y comenzó a dispersarse  el cerrado anillo  vaporoso que se formó.

Yo me quedé pasmada. ¡Nunca me había pasado algo semejante! ¡Cielos! Mis rodillas se flojaron, mi corazón  aceleró las palpitaciones.

Esperé la casi completa dispersión de  aquel remolino y bajé del techo con tanta felicidad que narrar la experiencia me resulta difícil. No hallo palabras, ni estructura para decir, para contarles amadas y amados lectores esta experiencia  vivida.

Al comenzar  la redacción de este relato, puse  un té y se me quemó el recipiente, trabajé  esta publicación y no pensé en nada más.

En lo adelante cuando hablen de tomar precauciones por huracán no me haré rogar. No es una fenómeno para tomar a la ligera. Es algo serio en demasía.

 

 

 

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