FRAGMENTO DE “EL ARTE ENEMIGO” DE EL GRUPO MEDIA ISLA

Por Miguel Aníbal Perdomo

Existe el consenso de que en República Dominicana no hay una crítica literaria seria en el presente, pero cómo ha de haber una crítica orgánica si la profesión de escritor tampoco existe.

Solo hay aficionados porque es imposible vivir de la literatura en un país donde las ediciones rara vez pasan de mil ejemplares. Además, el aspirante a escritor debe aprender el arte tropezando.

Se cree que nadie puede enseñarlo; mito en decadencia este: las universidades estadounidenses ofrecen maestrías en el arte de escribir. En nuestras escuelas, en mis tiempos de estudiante, no se impartían clases de redacción, y dudo que hoy lo estén haciendo. Se aprendía a memorizar reglas gramaticales.

Es una lástima que no practiquemos la escritura desde la niñez. Se sabe que cuanto más temprano se aborda un arte, un oficio, mayores son las posibilidades de lograr destrezas excepcionales.

Beethoven y Mozart no vinieron de una hacienda ganadera para convertirse en genios de buenas a primeras. Los padres de ambos eran músicos destacados; el de Napoleón era teniente del ejército y el hijo nació literalmente bajo las balas; el de Martin Luther King era predicador como él.

Las dificultades por las que atraviesa el creador literario en nuestro ambiente se aplican a la crítica, su complemento, y la convierten en el modo más simple de ganarse enemigos. Por ello quién va ocuparse de una actividad, que aparte de no aportar ningún incentivo económico, genera animadversión.


En el pasado, en nuestro medio era muy fácil publicar textos creativos en las páginas de cualquier revista o periódico.

Esto significaba paradójicamente alguna desventaja porque en general no existían editores especializados que le mostraran al escritor en ciernes sus errores y limitaciones, lo que contrasta con la práctica de Estados Unidos, por ejemplo, donde las colaboraciones se pagan, y el editor exigirá rigor al escritor y le señalará pautas a seguir.

Un libro es publicado en base a su calidad y a las demandas del mercado. Los malos escritores se extinguen pronto al no encontrar quién les publique sus manuscritos.

En nuestro país la mayoría de los libros son costeados por el autor. Como el papel aguanta todo —dicen los alemanes— no hay una escala de valores ni hay quién exija un mínimo de calidad.

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